La paz es un espejo

Estamos podridos. Pensar en la paz en Colombia, al punto en el que estamos después de más de medio siglo de conflicto, y de masacres y desapariciones y desplazamientos que enriquecen a los que han hecho de la guerra su mejor negocio, sólo ha podido justificarse hoy como una victoria de la estrategia de guerra del Estado. ¿Es que vivir en paz, en un país democrático y  justo, dejó de ser una aspiración legítima que recoge los valores en los que se debe creen en Colombia?

La pelea más dura de Santos, concediendo el beneficio de la duda sobre su buena voluntad, es al interior de las fuerzas que comanda. Difícil posición la de tener que convencer a la caverna colombiana y a los medios de su resonancia, sobre la necesidad de la solución política, cuando no se puede hacer ninguna concesión moral al adversario y se tiene que mostrar el camino de la paz como la parada final del camino de la guerra,  para capotear el susto del que es dueño y señor el ex presidente Uribe. Guerrear, dar de baja, dar en la cara, se han impuesto como las actitudes correctas del gobernante de turno, por lo que ahora es una odisea cualquier cosa que signifique bajar el fuego sin bajar en las encuestas.  Algo tendrá que ver con el hecho de que denunciar, o protestar sean tan repudiados cotidianamente en nuestra sociedad, autorizados  la rechifla o el insulto al sapo que se tira la comodidad del silencio.

Abiertas las conversaciones de paz, se escuchan demasiadas expresiones en la calle y en los medios  que tienen que cuestionarnos profundamente sobre la responsabilidad de la sociedad colombiana en este proceso. Nadie sabe si llegará a buen puerto, pero si vamos a hacer memoria no se nos puede pasar observar, más allá de medir los errores en las técnicas de negociación, las actitudes de los ciudadanos de a pie frente a la posibilidad de la solución política del conflicto. Al que le caiga el guante: ¿Todavía cree usted que el dilema entre la solución política y la guerra eterna puede resolverse sin su compromiso con la paz, no como victoria, sino como valor a rescatar en un proceso de diálogo y reconstrucción nacional?

No se puede seguir con el lenguaje hipócrita que dice que “todos los colombianos queremos la paz” pero que puede aceptar la continuidad del conflicto como parte del paisaje, cuya resolución puede dejarse en manos de los gobernantes o los comandantes. Primero, porque el conflicto está afectando la vida de la sociedad colombiana, no sólo por la victimización, sino porque su vigencia es absolutamente incompatible con todos los derechos; el modelo que pone a los soldados por encima de los ciudadanos ahoga la posibilidad de que la educación determine el desarrollo del país, y es la mejor excusa para el saqueo y el control de los territorios. Pero sobre todo, porque la paz está en el corazón y en la mente de los colombianos y las colombianas, como la base de la creatividad, el amor a la familia, la fiesta colectiva, y esas tantas cosas que a tantos les parecen, ya se han acostumbrado, ilusiones de película de Hollywood.

Así las cosas, antes y ahora, quieran o no los comandantes, tenemos que recorrer el camino de la solución política del conflicto en nuestro país. El prejuicio de la muerte como destino, la tolerancia silenciosa de los montadores del miedo, el mito de que la ampliación de la democracia no tiene nada que ver con nosotros; todo eso nos toca. Por las víctimas de todas las traiciones al anhelo que nos pertenece como pueblo, es hora de vernos en el espejo de nuestra responsabilidad como sociedad en la construcción de la paz.

Jose Antequera Guzmán