Generación de paz

La agenda generacional es diversa. Hoy se mueven apuestas desde la izquierda, desde la derecha, por la paz, para la democracia, por la renovación de candidaturas políticas, por el compromiso de los estudiantes, etc.  Todas las opciones tienen un punto de confluencia que sintetiza la cuestión y que no admite exclusiones. El punto es la paz, como siempre, que siendo un proyecto en disputa, necesita un cambio de reglas de juego en la política colombiana transversal a todos los sectores. Ese cambio de reglas es el primer punto de una victoria que tiene que reivindicarse desde la sociedad en su conjunto.

¿Agenda generacional? Los teóricos clásicos del tema como Mannheim dicen que la generación no se debe entender como una cuestión biológica o mental, sino como un fenómeno social, que supone la ubicación de un grupo humano en un tiempo y en un espacio histórico comunes que predisponen marcos de pensamiento y experiencia. Esto no elimina la realidad de los muchos factores que determinan enfoques distintos compartidos entre grupos, sectores  y clases sociales, en disputa por la definición del pasado, el presente y el futuro. Pero está claro que las marcas de los procesos históricos se dejan sentir con características compartidas a nivel generacional, transversal, generando brechas (necesarias) con respecto a comprensiones generalizadas en determinados momentos.

Hay apuestas actuales por impulsar agendas generacionales, que se paran en la relevancia de la época de los 80, por ejemplo. En la marca de la guerra que se agudizó durante los noventa; en el sueño incumplido de la constitución del 91; en la reconfiguración hegemónica global después de la caída del muro de Berlín; o en la ejecución del proyecto genocida narcoparaestatal; en el fracaso de los diálogos del Caguán, o en la relevancia de las perspectivas emancipatorias que pujan por quebrar las lógicas patriarcales, mojigatas y racistas. Apuestas distintas, con referentes distintos, y políticas, o sea, también en contradicción. El año pasado el Espectador hizo especial con la Generación 125. La Secretaría de Educación de Bogotá promueve el proyecto Generación de Paz, que ha puesto a miles de estudiantes a reflexionar sobre el tema. Varios jóvenes de izquierda promueven reuniones intentando, al nivel y con los argumentos de unas características y experiencias compartidas,  acercar posiciones que permitan impulsar la unidad que los mayores están dejando empantanar. Hasta el hijo del general condenado por la masacre de Mapiripán me hizo a mi una invitación en carta pública para trabajar por un acuerdo generacional, y la lista sigue de muchos modos.

Lo que ocurre con lo generacional es que hoy es muy difícil definirlo sin caer en la tentación de homogeneizar lo diverso, de suerte que la cuestión puede quedar reducida como discurso para diferentes apuestas que pueden ser muy importantes, pero que difícilmente podrían alcanzar el punto más amplio sobre lo transversal en este momento de la historia del país. Yo creo que ese punto existe, y que sin pretender revolver lo que debe permanecer claramente diferenciado, hay que buscarlo, impulsando una causa común nacional urgente. Absolutamente urgente.

Todo lo que nos ha ocurrido como nación en los últimos años tiene que tener un sentido. El más claro debe ser la reparación por el sistema político y económico  excluyente que subyace a la  realidad y las noticias diarias de la muerte. Eso significa el cumplimiento de la agenda de cambios sin lo que la violencia seguirá reproduciéndose, cada vez más bárbara y difícil de parar. A un nivel generacional, es posible y necesario lograr unos compromisos mínimos con los principios en los que funda cualquier nación, y con los que aquí se han limpiado el culo mil veces: soberanía, derechos humanos, etc. Pero siendo más concretos, tenemos que reconocer que hace falta un compromiso transversal, ahora o nunca, con un cambio en las reglas del juego de la democracia, y que ese compromiso no puede ser excluyente. Una tarea que tiene que batirse al interior de nosotros mismos, individualmente, sobre nuestro modo de relacionarnos en la cotidianidad política, y frente a la que seguimos comportándonos con normalizadas y terribles actitudes. Una tarea que tiene que lograrse al interior de la izquierda donde se esgrimen como argumentos divisiorios las mismas estigmatizaciones con que los presidentes justifican el estado de control represivo y saqueo que impera en tantas regiones, y donde todo el mundo tiene un prontuario pasado que le inhabilita para juntarse con otro en el mismo proyecto. Tarea que también tiene que darse en la derecha, de todos los tintes y matices, donde se sigue jugando a la guerra fría y se pretende la consolidación de un proyecto de silenciamiento y despojo  como sinónimos  de paz; donde se continúa tratando a los principios democráticos como basura bajo un modo insoportable de tratamiento a los conflictos sociales que reclaman su derecho a expresarse y a la victoria con garantías.

He recorrido varios colegios de Bogotá en el programa Generación de Paz de la Secretaría de Educación, intentando transmitir un compromiso a partir de la experiencia que me atraviesa y que llevo grabada en el apellido. Y lo que me he encontrado es que la emoción y el compromiso con la paz son posibles a partir de la identificación de un sentido de la vida que le contenga. El sentido está en la comprensión sobre el modo de vida y de relaciones que se han impuesto transversalmente en el país a partir de un modelo que se alimenta y se excusa en la guerra de todos los días, a pesar de las alternativas que se construyen todos los días. El sentido está en la incorporación de las relaciones políticas cotidianas como parte de los problemas que tenemos que identificar y transformar de ese modelo, y más allá, en la acción colectiva inmediata para alcanzar la solución política y callarle la boca a tanto periodista y opinólogo que atizan la guerra irresponsablemente.

“Hay que desmontar esa enorme subjetividad que tiene que haber acumulada en la sociedad colombiana (…) pueden hacer un poco más ustedes mismos, los colombianos (…) ni yo, ni mi pasado ni mi lucha son tan importantes como el porvenir de mi nación”. Esas son las cosas que ha comenzado a decir el presidente de Uruguay, José Mujica, sobre nuestro país, sobre nosotros. A mi me martillan la cabeza. Me significan la recuperación de un sentido de orientación marcado en el camino de tantos mártires a los que prefiero vivos para el debate que muertos para mausoleos.

 

José Antequera Guzmán.