LAS VICTIMAS Y LA PAZ (A propósito de los Diálogos de la Habana)

El objetivo estratégico de las víctimas en Colombia debe ser una causa común: hacer de la experiencia del dolor, del sufrimiento, de las luchas y de las resistencias, el fundamento empírico de una democracia real y profunda, medular entre las causas del conflicto e imprescindible para el país en paz.

El reconocimiento de la victimización y su repudio son nuevos en el mundo. No tanto como dicen quienes piensan que las luchas por la verdad, la justicia y la reparación nacieron con la Ley conocida como de Justicia y Paz, pero sí para quienes saben leer la historia larga. En Colombia, concretamente, puede decirse que ese reconocimiento ha sido forjado, entre muchos, primero desde el movimiento por los derechos humanos en contra de las políticas represivas enmarcadas en la Doctrina de Seguridad Nacional, que tuvieron al Estatuto de Seguridad de Turbay y a la creación de la Triple A criolla (Alianza Anticomunista Americana) como un punto histórico de formalización. Los familiares de los desaparecidos, buscando en el agua y en los matorrales, fueron pioneros en las marchas de claveles, las puestas en escena de las fotos que hoy llamamos galerías y la articulación con las organizaciones que fueron surgiendo: de defensa de presos políticos, de contabilización de asesinatos, de acompañamiento, etc. Con la agudización y degradación del conflicto y del uso generalizado de la violencia para la acumulación del poder, se han extendido las vulneraciones de la dignidad contra la población, existiendo hoy organizaciones y comunidades que reivindican las experiencias del secuestro, de las masacres, de los desplazamientos, de la violencia sexual, sumadas a otras colectividades que no se han reivindicado como víctimas pero que comportan las mismas experiencias con sus exigencias. Aún más, con la memoria como imperativo ético cada vez más posicionado, son muchos los individuos y sectores que han podido comprender el carácter injusto de lo que han vivido, tan doloroso como la muerte, en la miseria planificada de la que hablara Rodolfo Walsh.

Con todo, en el avanzarse del proceso de paz de la Habana el debate sobre la victimización en Colombia frente a la paz encuentra un lugar especial, sin duda. Para muchos el proceso de paz es sólo un teatro de ilusiones, basados en una desconfianza comprensible, vistos los fracasos en los procesos anteriores y sus terribles consecuencias, así como en las muchas desilusionantes ejecuciones de las políticas públicas de reparación. Para otras tantas, como para mí, es una esperanza cierta. Creo en la paz y en sus posibilidades como el mayor legado que me haya dejado mi padre. En cualquier caso, hay quienes han visto la posibilidad de sabotear el proceso avanzado anteponiendo el dolor y el sufrimiento, como el principal motivo para construir una oposición legitimada contra los cambios que han de producirse a partir de un acuerdo de terminación del conflicto.

Abierto el debate sobre las víctimas, es inevitable que se generen discusiones en torno a los mecanismos establecidos: la participación en los foros y la participación en la Habana tienen que verificarse efectivamente pluralistas, incluyentes, con perspectiva diferencial. Sin embargo, quienes hemos vivido las ausencias y sabemos lo mucho que golpea la certeza de que son para siempre, debemos pensar ahora en el fondo de lo que significamos para la historia del país y del mundo; de lo que nos toca, desde la misma entraña del dolor, y desde la conciencia de sus consecuencias.

Las victimización no es un valor en sí mismo. Las víctimas no somos las personas más buenas de esta sociedad, ni ciudadanos de mayor categoría por el sufrimiento que se nos ha infringido. Nuestras experiencias son distintas, y en su distinción implican derechos que tienen que satisfacerse, sin condicionamientos. Pero en su dimensión común, esas mismas experiencias suponen una comprensión común necesaria para el país, que tiene que ser primero nuestra causa común, para que lo sea de toda Colombia. Desde el dolor, desde el sufrimiento, desde las resistencias, desde las luchas, desde las reivindicaciones es que encuentra fundamento el proceso de paz como proceso de diálogo y negociación, en contra de quienes pensaron que sólo la correlación de fuerzas en los campos de batalla debía determinar el modelo de solución del conflicto. Desde el repudio de lo que nos ha ocurrido, es que ha tenido que surgir un debate sobre lo que implica la no repetición en el país, que pueden ser declaraciones y golpes de pecho, o verdaderos cambios que sólo podrán ser efectivos, cuando sean para todos y para todas en Colombia.

Antes de que asumiera conscientemente la lucha por los derechos humanos y de las víctimas, mi madre me enseñó algo que me pareció incomprensible en su momento, pero que ahora rescato como una lección básica. Ella participó de un movimiento que llamaron Madres por la Vida, en el que estaban personas como la esposa del coronel Valdemar Franklin, asesinado por narcotraficantes, pasando por doña Nydia Quintero, cuya hija fue símbolo de la tragedia del secuestro. Luego he tenido yo que compartir espacios con las víctimas de hechos que desconocía, como con los familiares del avión de Avianca, o con Consuelo González de Perdomo, recordando la lección de mi madre: la diferencia puede ser más constructiva que destructiva. En su esfuerzo y en mis espacios compartidos con esas otras personas, he podido constatar algo que defiendo sin ambigüedades. Es cierto que las diferencias de clase, de procedencia, raciales, de género y de tratamiento político, entre otras, se expresan en el modo como se reconocen en el país los daños de la violencia y de la guerra, y eso constituye una injusticia. No obstante, he podido apreciar también que si bien esas diferencias no desaparecerán con un acuerdo de paz, sólo la causa común desde la conciencia de repudio a las violaciones a los derechos humanos y la dignidad puede darle fundamento a un proceso de transformación de las relaciones que han sustentado las exclusiones y opresiones, a partir de la democratización del país. Allí, yo, como soy, víctima de crímenes de Estado, sobreviviente del genocidio contra la Unión Patriótica, de izquierdas, no dejaré de sumarme al desvelamiento del conflicto político y social y a las luchas por un cambio de modelo, pero esperando que sea la vida y la libertad las que determinen mi camino y que, en cambio, deje de ser el miedo el destino que me toca; que nos toca.

No puede ocurrir ahora que el dolor y el sufrimiento adquieran sentido como fundamento de oposición a la paz, cuando son todo lo contrario. Tanta muerte y tantas ausencias, adquieren sentido como el fundamento de la misma, como su base de legitimidad real. Eso no significa, de ningún modo, que tengamos que aceptar que se pacte cualquier cosa nuestro nombre. Es hora de sacar las fotos, los documentos, las galerías, las bases de datos, y exigir la verdad, en primer lugar. Es hora de pensar realmente en lo que significa “lo justo” en este país para construir desde ahí el modelo propio de justicia y reparación. Es hora de hacer trascendente la experiencia, para que esa justicia se concrete en una sentencia de no repetición basada en reconocimiento, reformas, desestructuración de las estructuras criminales responsables del asesinato entre hermanos. Tendremos muchas listas de exigencias, y en muchas estaremos en desacuerdo con otras y otros, porque ser víctimas no elimina nuestra condición de sujetos políticos, con visiones e intereses de acuerdo a nuestros lugares diferentes, en contradicción. Pero lo que está en juego, precisamente por atravesar nuestra integridad, nos trasciende.

Por supuesto, todo esto supone que no se silencie el debate sobre la participación de las víctimas en los foros y en la mesa de la Habana. Sin embargo, con una perspectiva de causa común por la democratización desde la experiencia de la victimización, sin renuncias a las posturas y planteamientos distintos y opuestos que tienen que resolverse, el reto más duro ahora es el posicionamiento de una agenda que va más allá de los escenarios inmediatos. Las víctimas tendremos que ser participantes de las políticas y de la gestión de los acuerdos. Tendremos que ser protagonistas del país donde sea posible que se diga la verdad, que no terminará por saldarse en los próximos meses; del tratamiento democrático de las exigencias de cambio, de la garantía para la movilización por la paz, como son las movilizaciones por salud, educación, vivienda y tierra. Tendremos que ser una prueba de lo que puede hacer un pueblo marcado por el dolor, por su valentía, por su fuerza.

 

 

 

 

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