Carta al Papa Francisco (por si viene)

Estimado Papa Francisco.

Mi nombre es José Antequera Guzmán, colombiano, hijo de una de las millones de víctimas del conflicto y las violaciones a los derechos humanos en Colombia, entre otras cosas que le podría contar personalmente. Me permito escribirle esta carta ante el anuncio de una posible visita suya en el futuro próximo a mi país que considero una oportunidad determinante en el desenvolvimiento de la búsqueda de verdad, justicia, memoria y paz, a partir del justo sentido en algunos temas que ha demostrado como cabeza de la Iglesia Católica.

Comenzando el mes de abril de este año 2015, en las primeras conmemoraciones por los 100 años de la campaña del imperio otomano de eliminar a su población armenia, tuvo usted la valentía de llamar las cosas por su nombre y reconocer que lo ocurrido a más de 1.5 millones de personas se debe nombrar como genocidio. A pesar del negocionismo practicado por las élites turcas que ha llegado hasta el retiro del Nuncio Apostólico de Turquía, usted ha pedido al mundo que haga el mismo reconocimiento “sin ceder a la ambigüedad o el compromiso” bajo la premisa de que “ocultar o negar el mal es permitir que una herida siga sangrando sin vendarla”.

En su determinación es claro que comprende la importancia de hablar de genocidio en particular y de la sensatez sobre el acto de nombrar en general. Usted comprende a Rafael Lemkin, lingüista y abogado que ideó el término de genocidio, que sabía que a hechos como los ocurridos contra los armenios se les debe dejar de llamar de modos que no dan cuenta de su verdadera gravedad, como crímenes terribles que han sido producto de la acción humana premeditada. El Padre Jesuita Javier Giraldo, el personaje que en Colombia se juega la vida con el mismo compromiso que lo hizo Óscar Arnulfo Romero, me habló de usted hace unos días y puedo creer que esa misma determinación tal vez pueda ser parte de su contribución a la paz de Colombia, si acaso llega a venir.

Igual que Lemkim, Francisco, hay en Colombia muchos quijotes que llevan toda la vida hablando de genocidio. Se han dado golpes en la cabeza ante la cerrazón del establecimiento colombiano que ha querido inventar un cuento sobre el origen del conflicto alejado del hecho real que fue el ataque sistemático contra campesinos gaitanistas, y que implicó incluso el asesinato del propio Jorge Eliécer Gaitán. Otros muchísimos, hemos hecho un gran esfuerzo para que se diga que el asesinato de más de tres mil militantes de la Unión Patriótica a la que pertenecía mi padre fue un genocidio, y no un accidente producto de la acción aislada de manzanas podridas. Igual que la élite turca, la colombiana también se niegan a esos reconocimientos. E igual que los armenios, vivimos aquí con una herida que no deja de sangrar.

Hitler sabía como usted sabe sobre la importancia de la memoria para la paz, y del olvido como fundamento de la guerra. Por eso argumentó en 1939, listo para lanzar la campaña de Polonia: “¿quién habla hoy aún del exterminio de los armenios?” Como usted, Francisco, además ha comprendido que la memoria depende al final de cómo nombremos las cosas, se me ha ocurrido que podría ayudarnos con eso cuando venga al país. Además de mencionar el genocidio contra los gaitanistas y contra la Unión Patriótica, podría hablar de crímenes de Estado; de conflicto social y armado; de ejecuciones extrajudiciales. Todos esos términos son negados en Colombia y todos son absolutamente determinantes para la paz del país y para que las heridas no sigan sangrando.

A su venida podría reunirse con quienes seguimos tercos llamando las cosas por su nombre. Así le explicaríamos muchos detalles que no alcanzan en esta carta.

Muchas gracias por su atención.