El fin de la guerra

Con la firma del acuerdo sobre cese bilateral definitivo entre las FARC y el Gobierno Nacional se le pone la crema al pastel (todavía falta la cereza). La emoción por lo que significa como el fin práctico de la confrontación entre estas dos partes es incontenible. Pero además, sabiendo que lo que está intentando resolverse en la Habana va mucho más allá de la guerra propiamente dicha, también debemos celebrar lo que significa el acuerdo con respecto a los temas fundamentales a los que se refiere: la dejación de armas, la lucha contra las organizaciones criminales que amenazan a los defensores de derechos humanos, movimientos políticos y sociales, y la persecución de las conductas criminales que amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz.

Aunque muchos se hayan empeñado en imponer la idea de que el centro de la negociación debía ser la entrega de armas de las FARC al Estado, el acuerdo significa la victoria de una afirmación repetida durante años: una solución dialogada del conflicto que reconoce que las partes no llegan a la mesa por derrotadas sino porque no pudieron derrotarse, implica que las armas se dejen de usar y no que una parte se las entregue a la otra en señal de rendición. Al incluir el tema de la lucha contra las organizaciones criminales, incluyendo a los paramilitares (al fin reconocieron su existencia), lo que ha quedado también muy claro es que ese gran anhelo que las víctimas reivindicamos como garantías de no repetición (el Nunca Más), depende de medidas que no son sólo recíprocas entre las partes sino que deben ser confluyentes desde ellas hacia el país. Las garantías para que los futuros excombatientes participen en política, o vivan como quieran, pero vivan, son las mismas para el movimiento social y los movimientos políticos, y son la responsabilidad transcendente de todos y todas. La vida, al fin y al cabo.

Tenemos absolutamente claro que los acuerdos son el punto de partida en todos los temas y que depende de nosotros y nosotras que se cumpla la promesa de la paz con justicia social. Pero si no se logra una acción confluyente que garantice la seguridad efectiva de los líderes y comunidades contra la criminalidad y el paramilitarismo todo se va al carajo. La promesa de la paz es la democracia a partir de unas transformaciones básicas para que supere la prueba de la autenticidad, y donde se puedan intentar nuevas y más profundas transformaciones positivas que, hasta ahora, siempre han sido silenciadas a bala.

Cada solución de un problema implica un problema nuevo, dijo el activista Saul Alinsky. Teniendo las cosas claras, nadie nos puede negar que celebremos hoy por todo lo que nos ha costado este momento. Yo hoy, sobre todo, celebro que cada día estemos siendo más un solo país. Que Colombia cada día nos parezca menos ajena.