2016 y la esperanza

El NO en el plebiscito. La presidencia de Trump. La tragedia del avión de Lamia. El fantasma de un genocidio ad portas de la implementación de los Acuerdos de la Habana. Rafael Uribe Noguera y la infamia contra Yuliana Samboní. Cada uno de estos hechos, y mucho más si vienen juntos en menos de seis meses, golpean con fuerza cosas que se dan por seguras en nuestra sociedad. Nos limitamos a decir: ojalá que se acabe pronto este año. Pero la procesión va por dentro.

¿Qué carajos ha pasado?, nos preguntamos como si cualquier cosa en las primeras reuniones de navidad. Hay quien dice que es el año del mono. Los más ñoños quisiéramos asociar la crisis civilizatoria y la crisis económica que tenemos desde 2008 para explicarle a los amigos sobre el populismo de derechas de Uribe Vélez y Trump, y hablar del neoliberalismo salvaje sobre la cabeza de un piloto tacaño e irresponsable. Algunos quieren convencerse, y yo estoy ahí también, de que los asesinatos pararán porque los tiempos han cambiado pero no tenemos dónde jurarlo. Y casi todos llegamos a la historia de Yuliana y su familia como frente al muro de una cárcel infranqueable e incomprensible. También hay quien dice que somos unos lelos siguiendo la agenda de los mass media, y seguro lo somos, pero aquí estamos.

“Todas las religiones son iguales. Todas han prosperado por las mismas virtudes y todas se han corrompido por los mismos vicios”, dijo José Martí. Hay virtud en la misa, en la mezquita y en la ceremonia, sin duda. Y hay un poco de esa virtud en la marchas después del 2-O, en las calles llenas de jóvenes gritando que Trump no los representa, en el Atanasio Girardot lleno a reventar convocando a todo el país en torno a la solidaridad, o en la indignación que recorre a Colombia pidiendo justicia para el vil asesinato. Un poco de consuelo, abrazos, respuestas, conversión, estímulo y fortaleza. Pero también hay mucho vicio en el anticomunismo ignorante y barato de algunos pastores que no conducen un rebaño sino una lista de contribuyentes. Vicio en el oportunismo recurrente ahora magnificado por las redes sociales llenas de selfies y de banalidad del bien. Vicio en la gavilla de linchamiento y en el populismo punitivo que levantaron los mentirosos de la campaña del NO y que ahora enarbolan los congresistas del Partido que gobierna que dicen preocuparse por los niños pero que niegan el derecho a la educación plena o el derecho fundamental al agua.

Yuval Nohah Harari, el autor de “De animales a Dioses” que citó Yezid Arteta en una columna reciente sobre Fidel Castro, muestra en su segundo best seller un experimento que dice mucho sobre la esperanza. Un ratoncito en un vaso al que un científico desalmado comienza a llenar con agua aguanta una X cantidad de tiempo luchando por sobrevivir, hasta que se rinde y se ahoga. Otro ratoncito en la misma situación es sacado justo antes de perder las fuerzas. Lo bañan, le dan de comer y repiten con él el experimento. La segunda vez aguanta más tiempo, se supone que esperando lo que el otro no sabía que podía esperar. ¿Luchar o rendirse?

No nos han faltado ni nos faltarán la sonrisa y la fortaleza para ver salidas en cada momento porque somos sobrevivientes de muchas cosas. Pero hace falta mucha coherencia hoy en Colombia si queremos recuperar la confianza que necesitamos para navegar bajo la lluvia. Los hechos trascendentes del último semestre necesitan respuestas reales y no meras constancias históricas. Me permito decir también que necesitamos que la gente que cree y conecta alternativas frente a las injusticias busque y encuentre el eslabón perdido de una espiritualidad que le preste atención a lo que se siente cuando todo se desmorona. No es cuestión de creer en fábulas.

Me acuerdo ahora de una canción de Silvio Rodríguez que ha comenzado a sonar por la muerte del Comandante de la Revolución Cubana: “Estos años son el pasado del cielo”. Hay mucho por hacer.

José antequera Guzmán