Suelten a los niños

Es totalmente inconveniente pretender frenar la implementación legislativa del Acuerdo de Paz con el argumento del retraso en la llamada entrega de los niños y las niñas.

La implementación legislativa esta semana ha estado atravesada por cuatro grandes cuestiones. La primera, la participación de una agrupación de ciudadanos en el Congreso, Voces de Paz, que ha asumido la defensa del Acuerdo así como la facilitación de la conversión de las FARC en partido político. La segunda, el debate sobre el Acto Legislativo con el que arrancaría la creación de la Jurisdicción Especial para la Paz. La tercera, el debate sobre los retrasos e incumplimientos desde las partes con respecto a la llamada entrega de los niños y niñas que pertenecieron a las filas de las FARC. La cuarta, los retrasos en el cumplimiento de los compromisos del gobierno para la instalación completa, con todas sus condiciones logísticas y de seguridad, de las Zonas Veredales Transitorias de Normalización donde deben concentrarse los combatientes de las FARC para realizar el proceso de dejación de armas.

Ninguno de estos temas es menos importante, simplemente.

Que Voces de Paz tenga espacio en el Congreso, que esté compuesta por ciudadanos y ciudadanas y que cuente con los elementos necesarios para hacer su labor, es una condición para el emprendimiento del proceso de apertura democrática. Apertura que no es una concesión del gobierno para las FARC, sino el único modo correcto de resolver una de las causas más claras por las que se generó el conflicto, se reprodujo, se agudizó y se degradó: la farsa de democracia que hemos sufrido en Colombia.

Que se apruebe la Jurisdicción Especial de Paz es una condición para la satisfacción de los derechos de las víctimas y para el logro efectivo de la no repetición a partir de los cambios y lecciones que sólo pueden surgir de la verdad. Y esa Jurisdicción tiene que cumplir con los elementos que permitan investigar y juzgar la responsabilidad de mando para los agentes del Estado, así como tiene que incluir incentivos y sanciones para que todos los actores involucrados en el conflicto contribuyan efectivamente a la verdad.

Que se cumpla con los acuerdos para que los niños y niñas en las filas de las FARC realicen un proceso adecuado de restitución plena de derechos, es una obligación que no necesita mayor explicación, máxime cuando ya han sido firmados compromisos al respecto con fechas definidas. Y por supuesto, que se cumpla con la instalación completa de las ZVTN, es lo mínimo, lo obvio, para la dejación de armas con garantías; un compromiso que ya ha sido expuesto ante el mundo con la visita del Presidente de Francia al país.

Sin embargo, lo que ocupó la semana en los medios de comunicación fue el tema de los niños y niñas. Lo que repitieron los representantes del Centro Democrático en el Congreso en los debates de implementación legislativa fueron exigencias sobre el tema de los niños y las niñas. Lo que se hizo relevante del discurso de Humberto de la Calle fue el tema de los niños y las niñas. Y esto, al punto de que circuló la idea de que se debía frenar la implementación legislativa hasta que no se cumpliera con el compromiso de entregar a los niños y las niñas.

Siendo un tema tan importante, su reiteración sin explicación sobre sus vicisitudes cumple principalmente dos funciones: por un lado les sirve a muchos para hacer política pre campaña jugando con los sentimientos de la gente e incluso de las familias de los niños y las niñas que deben ser entregados. Por el otro, sirve para quitarle importancia a los otros temas. Y lo que ocurre con esa política es que genera un círculo vicioso, porque todos los temas son importantes en la medida en que son interdependientes, y al quitarle importancia a unos se retrasan todos, incluyendo el de los niños y las niñas.

Suelten a los niños de las estrategias. Sólo hay un modo de hacer esto bien y es hacerlo completo.

José Antequera Guzmán

http://colombia2020.elespectador.com/opinion/suelten-los-ninos

 

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2017: La cuestión es la democracia

Dos intelectuales muy promocionados últimamente coinciden en un diagnóstico. Achille Mbembe y Yuval Noah Harari anuncian el fin de la era del humanismo como gran marco de la crisis de la democracia: el quiebre de una larga etapa histórica en la que las disputas ideológicas en el mundo estaban marcadas por la certeza compartida de que las experiencias y los sentimientos humanos eran valiosas fuente de autoridad y sentido. Hay democracia donde esas experiencias y sentimientos sustentan, al menos, la legitimidad de un voto. La tan acelerada revolución científica y tecnológica nos está poniendo a las puertas de una nueva era en la que los seres humanos podemos ser tratados como cualquier otro organismo, no por lo alto de los valores del Siglo XX, sino por lo bajo de la reducción a ser simples algoritmos, con consecuencias aterradoras.

Así se proyecta una gran batalla del Siglo XXI. Se proyecta que seamos algoritmos convencidos del sentido de nuestra existencia por lo que montemos en la red y lo que nos regale una burbuja de validación, bien vigilados los unos, bien desnutridos los otros, sin ningún otro valor para la democracia que el del consumo. Pero también se proyectan posibilidades desconocidas de emancipación, como habría dicho Marx, “a partir del desarrollo de las fuerzas productivas”, sólo si ese desarrollo se equilibra con la supervivencia. Mucho depende de la voluntad política que dispute un sentido emancipador de la democracia frente al capitalismo neoliberal, pero además, del aprovechamiento de esas posibilidades científicas y tecnológicas que componen la crisis de modo virtuoso.

Estas discusiones son relevantes aquí y ahora, en la Colombia en proceso de implementación de los Acuerdos de Paz y no deberían ser vistas como paranoia basada en la serie Black Mirror. El núcleo general del Acuerdo Final para la terminación del conflicto es la ampliación de la democracia. Además, la alternativa que se presenta ahora que se supone que nos vamos liberando del conflicto armado, es y será democrática, o así se tendrá que reclamar, y se enfrentará a muchas acusaciones sobre ese paradigma de lo políticamente correcto.

¿Qué significa la ampliación de la democracia hoy en Colombia? Esa es la pregunta de fondo a los pronósticos sobre los temas relevantes del año 2017 en los titulares de prensa que anuncian como asuntos aislados la implementación, las próximas elecciones, etc. Yo diré dos cosas vagas, por ahora.

La recomposición de las fuerzas de cambio que se avecina con la conversión de las FARC en movimiento político tiene que asumir con seriedad el problema de la democracia, de sus crisis y necesaria ampliación. Partidos, movimientos y agrupaciones auténticamente democráticos es lo que reclama este momento y la vara para medir esa autenticidad es cada día más alta. ¿Qué significa eso hoy? Hay que superar la idea arcaica de que el pastel que nos toca es pequeño y estático, haciendo que temas comunes se disputen restando, en vez de sumar. Hay un exceso de arrogancia de quienes han gobernado y de quienes no lo han hecho. Después de navidad, se les olvida que cuando las cosas se ponen feas sólo nos queda la familia. Hay una gran actualización ideológica y operativa en deuda con base en el conocimiento científico actualizado. Internet no sirve sólo para hacer videos y convocatorias.

Es mentira y ha sido mentira que la razón de ser del proceso de paz sea el desarme de las FARC. La ampliación de la democracia es lo que se le debe a este país lleno de muertos y significa mucho más que eso. En 2017 y hacia adelante se impone esa ampliación, o se impone la agenda de la extrema derecha que llama democráticas a políticas que no lo son. Para que eso pase hay que sumar y multiplicar a las muchas fuerzas de cambio que existen en Colombia y aceptar, con proyección estratégica, la posibilidad de un gobierno de transición también con los nuevos movimientos que surjan. Ninguno de los puntos del Acuerdo Final son incompatibles con la agenda de la anti-corrupción, con el enfrentamiento de las consecuencias de los TLC o de las leyes de salud y pensión, o la crítica al modelo minero, al programa de infraestructura o la estructura regresiva de los impuestos, que son temas que mencionan los precandidatos actuales, Jorge Robledo y Claudia López.

Hoy en Colombia hay menos incompatibilidad de agendas de transformación que nunca y si no se ponen de acuerdo quienes dicen querer la paz, que implica cumplir con la ampliación de la democracia, no será por imposibilidad programática sino por miedo a untarse del pasado de los otros, y esa falta de altura la pagaremos durante todo un siglo.

Bienvenido el 2017.

http://pacifista.co/2017-la-cuestion-es-la-democracia/