Populismos

Regresé de un viaje a Europa donde hable en no sé cuántas reuniones y foros sobre los riesgos y proyecciones del proceso de paz en Colombia. Allí, además de compartir concepciones acerca del papel de las victimas en el logro y diseño del Acuerdo de Paz, elaboré visiones más claras sobre el rol de la llamada sociedad civil y sobre los desafíos políticos que se desprendieron de esa paradójica situación ocasionada por el plebiscito y la arena de mentiras en que se convirtió.

Sobre este momento que vivimos me ronda una certeza: es nocivo que a la sociedad se le convoque esperando que siempre salve al barco de la paz de hundirse, pero que no se abran espacios claros de construcción con los nuevos liderazgos que se van construyendo. Y es más nocivo aún que esos nuevos liderazgos prefieran el objetivo de hacerse a una bandera pequeña más en medio del repertorio conocido que es una minoría llamada izquierda.

Dos semanas después de mi regreso, cargado de reflexiones encalladas en la ciudad de Berlín y toda la historia contemporánea del mundo occidental que la atraviesa, me encuentro por momentos confundido. Pienso en todo lo que hemos olvidado por haber dedicado más que cuatro años y una vida al asunto de un acuerdo entre el gobierno y las FARC. El país no cabía en esa mesa, es cierto, así que no fueron parte de los acuerdos temas fundamentales para la vida de la mayoría de la población concentrada en las ciudades. Hubo espacio para hablar de un plan de electrificación del campo, por ejemplo, pero no para hablar del alcantarillado y el agua potable que no hay en ciudades que se supone que producen lo suficiente para tener muchas necesidades resueltas, como Buenaventura. Al segundo después pienso que se trataba justamente de eso, de que la paz nos liberara de la atención excesiva que se le ha puesto en Colombia a la guerra, aunque lo que me confunde es que aún no nos encontramos con la nueva realidad de demandas posacuerdo que dijimos que queríamos que se desatara. Es temprano, lo sé, pero eso no elimina la trampa. Estamos atrapados porque no nos dejan salir jodiéndonos todo el día con absurdos cuestionamientos sobre la “ideología de género”, sobre las gafas de un tal Santrich, y la incapacidad del gobierno para llevar refrigerios a unas Zonas Veredales, entre otras. Pero es difícil decir que si tuviéramos una escalera seguro la usaríamos porque en la trampa hicimos cueva y en la cueva una cómoda casa.

Las reflexiones sobre populismo en nuestros días son infinitas. Identidad popular en vez de discursos idealistas es lo que reclama la gente para sentirse representada. Populismo de izquierda que convoca sobre significantes vacíos pero, se supone, con pretensiones serias de movilizar para los cambios. Populismo de derecha, con el mismo método pero, se supone, para mantener en el engaño y la dominación a un pueblo que puede sentirse libre gritando en el carnaval del día después de la fiesta en el que su cuerpo y su trabajo son el banquete. El populismo no sólo coincide con una época de mediatización y masificación de significados y significantes, ni mucho menos con la rabia de los outsiders contra las instituciones. Coincide con una necesidad de conexión con lo popular y en ese sentido coincide con una especie de liberación bienvenida del esfuerzo teórico de acomodar el mundo a un plan estratégico. Coincide, pues, con ese momento en que vivimos.

Lo cierto y lo no calculado de esta transición que vivimos es que es una transición con unos presupuestos en medio de una transición más grande que se desenvuelve en otros términos. El mundo transita hacia la solución de una crisis de fondo que estalló primero con las Torres Gemelas y luego con la crisis de 2008. Ensayo- error vamos hacia un lugar en el que necesariamente tendrá que estar resuelta la dependencia del Petróleo. La transición en Colombia se construyó sobre el presupuesto de que la oportunidad para un gobierno de cambios era posible, pero las cosas cambiaron entre el inicio y el final del proceso de manera que el gobierno de 2018 empezará con el mandato de cerrar la posibilidad de que algún día llegue al poder en Colombia el populismo de izquierdas a ejecutar un plan de sustitución de la dependencia petrolera construyendo una base social beneficiada que le sostenga.

Nuestra vida estuvo hasta ahora marcada por una línea que iba entre la historia de conflicto y el destino de la paz. Eso no ha cambiado, pero creo que tenemos que entender el nuevo tiempo de juego. Derechos humanos no es lo que anhela el país de la transición. Los reclama, obvio, porque son lo mínimo, pero ya no se meten allí todas las reivindicaciones sociales como aprendimos a hacerlo en los años 80, apelando a pactos y tratados de derechos a falta de autoridad en los textos revolucionarios. La agenda por disputar en el mundo, me parece, es la de la democracia pero vinculada a un modelo de desarrollo que no se termina de aclarar entre el imperativo de supervivencia y la urgencia de dinero. Pensando en eso me espabilé sentado frente a parlamentarios alemanes que preguntaban sobre la memoria y la reconciliación en Colombia. Ellos también sospechaban con razón del discurso ese de que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. No basta con saber quién es uno, si no hay con qué meterse al colegio a mejorar lo que uno es.

José Antequera Guzmán