¿Segunda vuelta contra la polarización?

La segunda vuelta para la elección a la Alcaldía de Bogotá no resuelve el problema de la legitimidad con que no ha contado Peñalosa. No resuelve el hecho de que él, como Petro, haya tenido que defenderse durante buena parte de su mandato. En cambio, puede significar un mayor bloqueo para los cambios que la ciudad necesita en un momento determinante a partir del fortalecimiento de los poderes fácticos que deciden buena parte de nuestra cotidianidad y de nuestro destino.

La tesis de fondo que apoya la propuesta es que el problema de la gobernabilidad en Bogotá está en la polarización que produce que el alcalde o alcaldesa pueda elegirse por mayoría simple no teniendo que reunir el consenso que exigiría la segunda vuelta. Que los procesos de revocatoria son un desgaste costoso para sus promotores, para el gobernante de turno y para el presupuesto público.

También se argumenta que de existir la segunda vuelta, podría darse ese escenario ideal para algunos en el que el candidato “de centro” con el suficiente apoyo mediático puede convencer a la izquierda de que voten por él para evitar el mal mayor de la derecha. Y no faltan quienes dicen que la propuesta se valida por defecto, a partir de las críticas que podríamos hacer “los petristas” a quienes no nos convendría la reforma.

Pero la realidad es otra y las preocupaciones tienen que ser consideradas.

La razón por la que un Alcalde como Peñalosa ha tenido que defenderse de la supuesta polarización es el modo como se ejecutó su estrategia para llegar al gobierno de la ciudad y como ha gobernado. Después de perder en 2007 y en 2011, en las últimas elecciones ganó sólo porque sobre el desastre histórico de Samuel Moreno y las tensiones en torno a la Alcaldía de Gustavo Petro, le construyeron una narrativa anti-izquierda y de falsas promesas que mantuvo ocultas la mayoría de sus decisiones más importantes, hoy evidentemente rechazadas por la gente como una verdadera estafa.

Gustavo Petro también tuvo dificultades y errores, negarlos sería tapar el sol con un dedo, pero es incorrecto tratarlos en abstracto para igualar su condición a la de Peñalosa. Más allá de la formas, que son en lo que se concentran quienes miran la democracia como un problema de reglas y conductas, durante su alcaldía se pusieron en debate cuestiones estratégicas como el modelo de ordenamiento territorial, el modelo de transporte o el manejo de las basuras, sobre los cuales actúan poderes fácticos en beneficio privado desde siempre, y que tuvieron en los promotores de su revocatoria y en el Procurador a verdaderos aliados quienes ejecutaron una persecución innegable independientemente de la opinión popular.

La afirmación según la cual los procesos de revocatoria son un problema para la gobernabilidad es una tergiversación del sentido de lo democrático. Sin descartar que pueden ser manipulados, esos procesos están allí también para que la ciudadanía no tenga que aguantar lo que se quiere consolidar como una estrategia electoral tanto en Bogotá como a nivel nacional, y es que las elecciones las definan eslóganes vacíos, las canas o los falsos títulos que se vuelven argumentos de autoridad, así como el miedo fabricado, para que luego el gobierno lo conduzcan los intereses privados legales e ilegales de los financiadores de las campañas.

También es necesario debatir el escenario ideal del gobierno de centro como lo más conveniente para Bogotá. Al respecto, hay un falso debate entre quienes defienden ésta posibilidad contra quienes ellos mismos consideran que, en cambio, supuestamente abogamos por el dominio de la izquierda, lo que repiten como parte de la estrategia discursiva de señalar los extremos. Lo que estamos planteando es que trascendamos esas categorías, que no significa eliminarlas para lo que son útiles, pero sí dejar de jugar a una visión del mundo reduccionista que además no entiende la gente y que impide consensos sobre propuestas programáticas serias. Cuando esto no ocurre juntando a las fuerzas sociales y políticas que defienden el cambio, la justicia social y la ciudad para la gente, resulta aprovechado de modo oportunista por candidatos como Peñalosa o Iván Duque de quienes muchos creen que sus moderaciones de campaña les durarán para siempre obligados por la necesidad de recoger votos, hasta que nos demuestran que son capaces de traicionarse a sí mismos.

La prioridad en Bogotá es resolver los problemas fundamentales que hoy se siguen discutiendo gracias a esos tercos polarizadores que no se resignan a la supuesta pot-política de los técnicos de Peñalosa. Y estos no se resuelven con una supuesta estabilización derivada de la segunda vuelta mientras nos gobiernan estafándonos, con el favor de concejales que pueden avalar cualquier cosa impunemente y que han estado dispuestos a pasar por encima del rechazo comprobado de la ciudadanía dándole hasta tres vueltas a nuestros derechos.

Aclaración: ésta es mi opinión personal y no compromete a nadie más. Por supuesto, estoy dispuesto a escuchar argumentos diferentes.

José Antequera Guzmán

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