13 de agosto: Día Nacional de la Esperanza.

Homenaje a Jaime Garzón.

“Cada personaje de Jaime es un tipo de verdad oculta, segregada tras el muro de la hipocresía que subyace a lo mágico de las contradicciones macondianas. Y él mismo, un ejemplo de desparpajo frente a la vida como el que se necesita para nunca sentirla perdida”

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El Polo tiene que decirle sí a la paz.

La posición de Carlos Gaviria  con respecto a la Marcha Patriótica, resaltada por Rodolfo Arango en la columna “El Polo dice no a la Marcha”, demuestra una mirada equivocada y decepcionante frente a la paz  que merece un cuestionamiento profundo.

En la pasada Conferencia Ideológica del Polo, Gaviria expresó una mirada que comparten varios dirigentes de izquierda. No se puede apoyar a la Marcha, según el resumen de Rodolfo,   porque: “El PDA ha sido y es un partido democrático que rechaza la violencia como medio para acceder al poder. Si el Polo apoyara la marcha, no siendo claros sus orígenes y propósitos, cometería el error histórico de arriesgar las vidas de sus integrantes en una posible reedición de lo sucedido a la Unión Patriótica y facilitaría la treta de los enemigos de la izquierda que igualan al PDA con la guerrilla”. En otros términos, como lo dijo Gaviria, hay que evitar “la parábola de la Unión Patriótica”.

Más allá del problema de si el Polo se une o no con la Marcha, me quiero referir a lo equivocado de los argumentos, por varios motivos que son uno solo: Estigmatización, incomprensión sobre el reto de la paz, y negacionismo frente al genocidio de la UP.

Todo ejercicio de organización y proyección política de esa población históricamente estorbosa para el progreso capitalista en Colombia, mandada a exterminar desde los años 40, excluida del Frente Nacional, traicionada durante los procesos de paz de los 80, y aún no incluida en el país de la Constitución del 91, ha significado una batalla de sujetos de carne y hueso por el favorecimiento de una apuesta por la política, el diálogo y la paz. Asumir eso ha sido asumir la  posición política más arriesgada posible en Colombia, a voz en cuello y pecho descubierto,  porque significa asumir la representación del pueblo colombiano asumiendo el hecho que, en la realidad,  las fronteras entre lo legal y lo ilegal sólo están definidas en la mente de los jueces citadinos, y de que existen dinámicas de violencia y motivos para que las confrontaciones armadas manden la parada con los que hay que bandearse todos los días.

Y es eso, una puja por esa apuesta,  lo que determinó la creación y el desenvolvimiento de la Unión Patriótica, así como hoy puede ser lo que  determina la creación y el desenvolvimiento de la Marcha. Y más allá, es eso lo que determina el tipo de acción que hoy convierte en protagonistas nacionales al movimiento estudiantil y al movimiento indígena a quienes también les toca debatir para que prime la palabra,  la movilización y la unidad, sin caer en posiciones fáciles sobre lo que significan el tropel o la guerra. Hay que armarse de argumentos más contundentes que cualquier otra arma, y desde allí movilizar políticamente al pueblo, que es el pueblo que tiene que representar la izquierda del color que sea y del nombre que sea, para apostarle a la política a pesar de los motivos y las dinámicas que la incompetente oligarquía se ha negado a resolver con propuestas serias y cumplidas  de solución política del conflicto colombiano.  Y es desde allí  que han salido desarmados tantos liderazgos  como en la UP, y le han puesto la cara al debate público, y han tenido que soportar todo el peso de las estigmatizaciones y de la judicialización, y los pedidos absurdos para que reduzcan su posición y se definan entre el blanco y el negro.

La incomprensión sobre lo que significan las apuestas por la solución política del conflicto, las que rebasan el discurso y se involucran en la organización popular, conduce a respuestas equivocadas. No sólo a llamar “parábola” a un genocidio, y desconocer la existencia de una política de exterminio frente a la UP, sino a repetir, ahí sí, la pésima posición que deja en el limbo a los que se la juegan, perdiendo la batalla que han querido librar, imponiéndose la razón de la guerra como ha pasado, y quedando expuestos a los asesinatos que luego sí se reivindican con homenajes y golpes de pecho.

Esa no es la respuesta que esperamos del Polo quienes hemos asistido a la imposibilidad de alcanzar la paz desde el inicio de procesos coincidentes con el neoliberalismo y la política de despojo que hoy denunciamos como movimientos sociales. Y no se trata de que resolvamos el problema con la decisión de juntar el Polo con la Marcha Patriótica, insisto.  Se trata, en últimas, de que la izquierda, toda, asuma el compromiso histórico que pasa por evitar la estigmatización como recurso para mantener una supuesta hegemonía que más bien es vanguardismo, y se aviente con la verdad en la mano a alcanzar el sueño incumplido de la paz con todo lo que ello implica.