El 25 de noviembre y mi violencia.

Siempre salgo regañado cuando quiero hablar de “temas de género”. Pero necesito hacerlo ahora, por mí mismo.

Me enseñaron una visión del mundo donde brillan las desigualdades económicas, las injusticias sociales, las batallas políticas, la historia no-oficial y mi sitio entre todo ello; una perspectiva revolucionaria para comprender y transformar las relaciones sociales, para hacernos libres,  según rezo  en mi propio discurso. Pero teniendo que comprender muchos de los problemas de la vida como abstracciones, ha sido muy poco lo que he podido encontrar acerca de la  forma revolucionaria de ver y comprender aquellas relaciones que me espetan como parte de mi felicidad o infelicidad en el nivel más intimo: las relaciones del amor, de la amistad, de la familia, etc.

No desconozco la oportunidad que he tenido para apreciar una larga cuenta de miradas y prácticas disidentes y felices frente a estos asuntos, ni el hecho de que también han sido objeto de moldeamiento a punta de represión y exterminio. Pero en lo que a mi experiencia se refiere, me parece que los valores alternativos han sido asumidos las más de las veces como licencias temporales marginales, aisladas, incapaces de vincularse en serio en cotidianidad  de las apuestas políticas renovadoras para permitir cerrar el círculo de las mismas como propuestas frente a nuestra forma de vida concreta y presente, más acá del sueño de la macropolítica.

Entre todos, los valores que me pesan para conjurar son los que tienen que ver con la pasada conmemoración del 25 de noviembre: El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres.  Su sentido, sin duda, tiene que ver con el hecho de que exista una práctica sistemática de violencia contra las mujeres, legitimada socialmente, como problema específico por denunciar y enfrentar. Pero su potencia, como en toda conmemoración, está en la posibilidad de llamarnos a tomar en serio las implicaciones del repudio profundo de esa realidad a otros niveles.

Aquí es donde corro el riesgo de decir cosas que me terminen por colgar de las orejas. Pero el mito de que no puedo o no debo  hablar desde mi lugar, porque soy hombre, y disfruto de los privilegios de mi posición entre la clase de los hombres,  o porque en este lugar sólo puedo expresarme con un arsenal académico, es justamente una de las limitaciones por superar, creo.

La violencia contra las mujeres nos tiene que interpelar, a mi me cachetea, sobre nuestras relaciones en sus términos más íntimos, y por eso más silenciados. Lo que se supone natural, desde lo que significa ser hombre y ser mujer, y ser en tantos términos,  tiene que ser puesto sobre la mesa pública, incluso en contraste con el modelo de imposición narco paramilitar y el conflicto, que hoy definen hasta la moda del corte de pelo en tantos territorios.

Ha sido difícil para mí reconocerme dentro de la relación de violencia “natural”, en mi  sitio. Y mucho más, el intentar hacerlo más allá del esquema de la culpa fácil que  tergiversa  el problema con el slogan reducido que dice “a la mujer no se le ha de tocar, ni con el pétalo de una rosa”. Sin haber ejercido violencia física contra ninguna mujer, siento vergüenza al verme replicando una forma estándar de relaciones cargadas de infelicidad normalizada. Yo debo probar mi fuerza, yo debo proveer, yo soy el hombre de la casa, yo debo ser como mi padre (también, o sobre todo, en el plano sexual), y debo soportar silencioso las conductas también “naturales” que mi posición implica. El grito, la manipulación, el celo, el deseo reprimido, la hipocresía.

Así las cosas, me parece necesario asumir seriamente la conmemoración del 25 de noviembre: pensar la violencia inmersa y supuestamente natural de nuestras relaciones sexuales y de género, todas, como homenaje amplio a las mujeres que insisten y resisten. Hay una felicidad por ganar que vale por una revolución en sí misma, y una revolución por construir que puede ser mucho más real que tantos experimentos fracasados,  desde allí.

Ojalá.

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