Generación 125

Agradezco al Espectador que me haya incluido en su especial con personajes destacados de 2012, a propósito de sus 125 años. Ya que algunas ideas quedaron imprecisas, asumo la oportunidad para referirme al fondo sobre la lucha por la memoria (la que merece el homenaje).

“No me arruncho con la muerte”, titularon al perfil. La razón es que en la entrevista que me hicieron quise expresar una idea sobre el sentido de lo que venimos haciendo: El trabajo con las organizaciones de víctimas y los procesos de movilización que impulsamos con la organización H.I.J.O.S., están motivados por la necesidad de romper con el estado de miedo y apatía impuestos en el contexto de las traiciones a los procesos de paz, sobre los que se ha parado la estrategia narcoparaestatal para justificar el exterminio y el despojo, argumentándolos como consecuencias (y no como causas) propias del conflicto colombiano.

Esa circunstancia, creo, implica varias marcas generacionales que tenemos que analizar públicamente. La primera de ellas, entre muchas, es la relación con la muerte como destino, que se ha querido imponer en Colombia para quienes impulsan alternativas de justicia social. La versión hegemónica frente a las traiciones a la paz, que se traducen en genocidio y exacerbación de la guerra, ha sido la desconexión entre la inmensa galería de la memoria de las víctimas, con el proyecto inconcluso que representan. Esto ha afectado también a los propios escenarios de la izquierda, que durante años tuvieron que mantener en el ámbito privado la frustración acumulada por el entierro de otra generación formada durante años con la potencia para realizar cambios viables y renovaciones, que también quedaron inconclusas.

Una imagen que se me viene a la cabeza para ilustrar esta situación generacional, está en varias prácticas de protesta y movilización de las que participo. Durante los años 90, era latente el peso de la muerte erigida como destino inevitable, en las canciones, en los poemas, en los murales, y en las marchas. El ambiente lógico de los años que siguieron al asesinato de líderes juveniles como Norma Patricia Galeano, con toda la cola del genocidio que afectó a toda la izquierda, era la sombra de la amenaza. Ahora bien. Esa situación no es muy distinta en nuestro tiempo bajo la sombra de las “Águilas Negras”, pero no podemos dejar de observar un cambio que nos hemos esforzado por producir en los referentes sobre la muerte y la política, desde la memoria.

La memoria que tenemos y levantamos (no la que se supone debemos esperar  que otros nos hagan), ha sido la clave para resignificar a nuestros muertos; romper el mesianismo que hacía intocables sus imágenes, y al mismo tiempo, rescatar sus ideas. Esto, oculto e implícito para muchos, está presente en una renovación generacional que germina en Colombia, y que está plagada de una búsqueda por renovar, pintar, rayar, y decir las cosas de otra forma.

Hay lugares por donde pasan especialmente  las emociones que implica el orgullo doloroso con el que nos enfrentamos en la búsqueda. Uno de ellos, la universidad pública (que nunca rechazaría, siquiera), también es objeto de nuestra mayor defensa, porque todo lo que hierve allí ha sido cocinado para soñar el futuro, siempre. Como espacio fundamental también permite otra claridad: En la universidad perdimos la ingenuidad. Aunque la memoria lleve colores no es un carnaval sin rumbo, sino parte de la lucha por el poder, por la paz.

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