Estado de opinión

Sería hipócrita desconocer que nuestro sistema político, que suponemos democrático, tiene esa dinámica de degradación de la que hablaba Platón al advertir sobre la demagogia, teorizada más recientemente por Manuel Castells como la marca de la “política de espectáculo” en el centro de la crisis global de la democracia liberal.

Es innegable que muchas de las grandes cuestiones de nuestro país se han querido decidir por aplausómetro, y que de la estructura para legitimar esa vía han participado todos los sectores políticos. Álvaro Uribe Vélez llegó al gobierno porque el aplausómetro  medía rabia contra las FARC-EP después del Cagúan, y lo que primó en esa medición fueron imágenes que no valían en sí mismas tanto por las opiniones que se emitieron y que todavía se emiten sobre ellas. Para la muestra, esa negociación fallida, en torno a la que giró el país durante casi una década, fue fabricada para la opinión que supuestamente pedía un presidente capaz de tomarse una foto con Tirofijo.

¿Y Santos? Santos, tenía que someter a la opinión mayoritaria de un plebiscito el fin del conflicto, por supuesto, para luego ganarle a Uribe el pulso histórico, no tanto por los resultados, sino por lo que dijera también el aplausómetro que todavía se disputan sus hijos con fotos del abuelo por twitter.

Dice Castells que la marca de las sociedades democráticas actuales es la política mediática, la política del escándalo y la autonomía comunicativa de los ciudadanos. Que nuestra construcción de la realidad depende de esas señales que, como las imágenes del pasado y del presente, generan impresiones de las que se forman las opiniones. Y que hoy, la forma de lucha política más eficaz es la destrucción (y la fabricación) de la confianza en las bondades de los proyectos políticos por la vía de la referencia moral permanente a los liderazgos que los encarnan. Una “política del espectáculo” que curiosamente es la autodestrucción de la legitimidad institucional del proceso político, y que termina en que la gente acabe por quedarse con el sentimiento de desconfianza y reprobación moral hacia el conjunto de políticos y la política, para acabar prefiriendo a “su corrupto” por el corrupto de enfrente.

Que Uribe siga defendiendo el Estado de opinión no es sorprendente, porque toda su figura está construida sobre el oportunismo de la opinión frente a la guerra y la paz. Lo que sí resulta paradójico es que defensores de la institucionalidad y del Estado de derecho estén aceptando entrar en esa política del espectáculo sin problema, pendientes de lo que seguramente les dicen en sus burbujas de twitter y sus asesores de marketing político.

Los carteles que sacó la bancada del Partido Verde a la llegada de Jesús Santrich al Congreso y la propuesta de un “uribismo por la paz”, se mueven exactamente en esa clave. En esas prácticas no hay una agenda política específica más allá del liberalismo colombiano, pero si por una posición en que se ocultan los corruptos propios y se les pone el foco los de los demás, estableciendo siempre una postura moral según las encuestas, especialmente frente a las imágenes feas que se repiten en los medios, como las de ese político “extremo” que apareció en un video recibiendo unos fajos de billetes.

Es claro que lo que busca el Centro Democrático es posicionar el llamado Estado de opinión para legitimar medidas específicas contra-derecho como la liberación de Andrés Felipe Arias, la impunidad de Álvaro Uribe y la extradición de excombatientes de las FARC firmantes de la paz, creando situaciones fundamentales para su proyecto, pero también, nuevas puestas en escena. Esa estrategia no se puede enfrentar efectivamente reproduciendo la degradación de la democracia en la se afinca, argumentando que se está siendo convocante o que se está disputando el electorado uribista, pero para someterse a su agenda, a su estilo y su proyecto de país, de mano firme, neoliberalismo, y corazón grande.

Por eso lo nuestro, lo de los “populistas” que defendemos el Estado social de derecho, es la verdad y la democratización real de nuestro país.

Jose Antequera Guzmán.