La Unión Soviética ya no existe

La Unión Soviética (U.R.S.S) dejó de existir en la navidad de 1991. En Colombia, desafortunadamente, no es María Fernanda Cabal la única que no se enteró nunca de semejante acontecimiento histórico.

Mi hermana, que creía que mi papá se iba para la Unión Soviética cada vez que iba a una reunión de la Unión Patriótica, supo que la U.R.S.S. dejó de existir en la navidad de 1991. En Colombia, desafortunadamente, no es María Fernanda Cabal la única que no se enteró nunca de semejante acontecimiento histórico.

Saber y repetir un dato es una cosa. Enterarse en serio es otra. Digo que mi hermana se enteró porque el cadáver de mi padre comunista se le sumó a la transmisión en vivo y en directo de la caída del Muro de Berlín y de la Guerra del Golfo. A mí en realidad enterarme en serio me ha costado un poco más. También salí zurdo, como me dicen mis amigos más gomelos, “igualito a su papá”. Nací después de mi hermana y necesité estar frente a una tienda de baratijas en Alemania donde vendían medallas de las que coleccionaba mi padre para dimensionar el peso de una caída que ni siquiera los testimonios recopilados por Svetlana Aleksiévich en “El fin del Homo Soviéticus”  me hicieron sentir tan hondo.

Que María Fernanda Cabal haya dicho que la Unión Soviética está en la ONU no es sólo una prueba de ignorancia. Su ligereza, por decir lo menos, es una muestra más de que su acción política y la de su partido Centro Democrático, la que pagamos con nuestros impuestos a un precio más alto que el salario del mejor maestro de ciencias sociales, se funda en los argumentos justificadores de la guerra caliente que vivimos en el país y que seguimos intentando terminar, alimentada siempre por confusiones paranoicas que matan y justifican el matar.

Pero ni su corrección posterior ni su mala fe la salvan del hecho real de su desconocimiento, que no es exclusivo. A millones de estudiantes jóvenes en Colombia se les suprimió la cátedra de historia de los colegios públicos lo que les expone a errores similares difíciles de salvar. No son pocas las personas que repiten como cierta la versión construida por el discurso oportunista de George W. Bush el 25 de diciembre del 91, quien proclamó que la desintegración de la U.R.S.S. fue la victoria de Estados Unidos en la Guerra Fría, cuando todos los libros que estudian las razones de ese colapso desmienten esa versión.

Habría que detenerse en lo que estábamos haciendo aquí mientras ocurrían los acontecimientos que dieron nacimiento a la Rusia actual. Mientras Gorbachov renunciaba ante las cámaras de TV, aquí llorábamos el asesinato de tres candidatos presidenciales, nos cuidábamos de salir a los centros comerciales por miedo a las bombas que ordenaban los narcos y los narcoparas,  vivíamos el auge constituyente y escuchábamos a César Gaviria declarar la bienvenida al futuro, entre otras. Políticamente la izquierda colombiana sufría los peores años del genocidio político contra la UP y el Partido Comunista y presenciaba el bombardeo a Casa Verde, con los mismos argumentos que siguen presentando los del Centro Democrático. Ni siquiera para esa izquierda hubo tiempo para enterarse del todo, creo.

Si es importante que nos enteremos ampliamente de que la Unión Soviética se acabó, es porque en la historia de ese fin, aunque estemos hablando del otro lado del mundo, podremos abordar muchas preguntas inconclusas que se vuelven a abrir en tiempos de transición. ¿En qué se funda el miedo a la apertura democrática? ¿En el pasado de las FARC o en su presente, todavía comunista? Si es lo segundo, como propone la Cabal abriendo la caja de pandora por el lado de la madera rota, hay que reconocer que todavía existe una gran deuda de claridad sobre el modelo de país que se propone desde esa emergencia política alternativa, que está llamada a hacer realidad la apertura y en la que no están sólo los ex guerrilleros.

Una historia que también deberían leer Santos y los liberales, porque al final de los días en el poder no hubo nadie más liberal que el Presidente soviético. A él también le dieron el Nobel de Paz, también lo amaron fuera de su país por su valentía para el desarme, pero aún lo odian dentro de sus fronteras por esa contradicción que nadie está dispuesto a perdonar: que la paz no signifique, como gritó Lenin en su tiempo, pan para todo el mundo.

@Antequerajose

7 de julio de 2017

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