Seamos optimistas frente a la IA (y aprendamos a usarla ya)

En el “realismo capitalista” de nuestro tiempo, la IA aparece como otra posibilidad de acumulación de capital que acelerará el enriquecimiento para algunos mientras amenaza el trabajo de la mayoría proletaria. Lo que viene, dicen, es el declive del pensamiento humano y de pasada el colapso ambiental del que sacará partido la derecha individualista a la hora de ganar elecciones. Sin embargo, desde una perspectiva dialéctica de confianza en el progreso, pesimista sobre los riesgos, pero optimista sobre el destino posible de la humanidad, la IA puede ser -tiene que ser- una oportunidad para el avance de la emancipación; y sí, las advertencias son un motivo para regulaciones urgentes pero la esperanza de ponerle freno a la historia es estólida.

Partamos de algunas afirmaciones de diagnóstico.

La IA hace innecesarias muchas labores que se ejecutan hoy en día, pero está clarísimo que la masificación del desempleo y de la información son la combinación perfecta para el estallido social, y aunque estemos en la época de depredadores la violencia y la guerra también se han posicionado en el mundo como indeseables. Por eso, al tiempo que nos advierten de los reemplazos laborales, sobre todo quienes ofrecen toda clase de cursos para que eso no ocurra, corren las discusiones sobre nuevos empleos, salario mínimo vital, renta básica y cuidados, cuyo fondo está en el sentido del uso del tiempo. Sam Altman, el cuestionado CEO de OpenIA, se quiere adelantar a esa circunstancia con lo que se ha llamado una captura regulatoria que se sintetiza en un “nuevo contrato social con la IA”, y que incluye planteamientos como la creación de un fondo de riqueza pública o la reducción de la jornada laboral a 32 horas.

Otra cosa muy cierta es que el uso del cerebro y el uso de la inteligencia humana, que ahora resulta que irán en declive, no están tan avanzados como parece. Porque sí, en la condición mayoritaria de la humanidad convertida en proletariado se usa mucho el cerebro, pero sobre todo como máquina de producción alienada y la posibilidad de que eso cambie no sólo viene de la amenaza de un declive, sino de la oportunidad para un uso virtuoso donde quien lo usa no se crea realizado porque lo estén explotando.

Entre otros, además, empieza a ocurrir que las tecnologías de diferentes épocas comienzan a coexistir para usos diferentes y la música digitalizada convive con el disco, y el computador con el libro, y la cuchara con la pastilla, lo que no parece menor a la hora de ver que las novedades de hoy ya no ingresan como el reemplazo de todo lo anterior.

Insisto, desde una perspectiva de confianza en el progreso, que no se queda en anticapitalismo llorón sino que es capaz de ver el post que vieron grandes pensadores como Marx, hay que comprender a la IA como un desarrollo inevitable de aquella revolución que significó la escritura cuando nos permitió almacenar fuera del cerebro la memoria que ya no cabía en él. Ahora, con esa información que primero estuvo en las piedras, luego en los libros y ahora en la internet, la IA puede hacer lo que el cerebro no puede almacenar y por lo tanto tampoco puede procesar, marcando un nuevo momento de esa revolución.

¿Y cuál es el resultado de eso?

Mientras hubo libros sagrados y escritos con una minoría de interpretes autorizados capaces de acceder a la memoria más allá del almacenamiento cerebral, la ciencia pareció magia, primó el culto a los sacerdotes y el enriquecimiento de esa misma minoría contrastó con la miseria generalizada durante cientos de años. Ahora, podría pasar lo mismo pero las condiciones son muy otras. Y sí, será inevitable, como lo vieron Marx y otros tantos, la revolución comunista que signifique la propiedad social de la IA que tiene que venir de la certeza de que su insumo, la memoria humana que ahora está en la internet y sin la cual no existiría la IA, ha sido el resultado del trabajo de la sociedad toda en toda la historia.

Mientras eso ocurre, seguirán pasando muchas cosas que tenemos que comprender como tendencias, experimentos, intentos y efectivas amenazas, así como otras tantas empiezan a ser maravillosas oportunidades. Lo que me ha sorprendido es que en mis conversaciones cotidianas sobre el asunto con personas que suelen ser de izquierda, progresistas o liberales (mi burbuja) empiezo a notar una especie de orgullo por lo análogo vinculado, como no, a otra de las muchas razones de superioridad moral que abundan en mi circulo. Ese desprecio implica que se asocia el aprendizaje de herramientas de la IA a un interés comercial acumulador cuestionable éticamente. Del mismo modo se asocia a una trampa, que cuando no expone a alguien a quedar en ridículo como un mediocre (que porque se van a dar cuenta mis jefes), le resta legitimidad como trabajador en el área que sea. ¿Y si en vez de temer a la IA en el trabajo comenzamos a reivindicar los derechos que se desprenden de sus posibilidades?

Discuto y discutiré sobre esto mientras le muestro al que me encuentro que se pueden hacer cosas que difícilmente serían posibles sin estas herramientas y desempolvo archivos guardados en memorias que al fin podré usar de muchas maneras, y me convenzo cada día más sobre la necesidad que tenemos de responder a debates como los que están llevando a Sam Altman y otros tantos a adelantarse al estallido.


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