Populismos

Regresé de un viaje a Europa donde hable en no sé cuántas reuniones y foros sobre los riesgos y proyecciones del proceso de paz en Colombia. Allí, además de compartir concepciones acerca del papel de las victimas en el logro y diseño del Acuerdo de Paz, elaboré visiones más claras sobre el rol de la llamada sociedad civil y sobre los desafíos políticos que se desprendieron de esa paradójica situación ocasionada por el plebiscito y la arena de mentiras en que se convirtió.

Sobre este momento que vivimos me ronda una certeza: es nocivo que a la sociedad se le convoque esperando que siempre salve al barco de la paz de hundirse, pero que no se abran espacios claros de construcción con los nuevos liderazgos que se van construyendo. Y es más nocivo aún que esos nuevos liderazgos prefieran el objetivo de hacerse a una bandera pequeña más en medio del repertorio conocido que es una minoría llamada izquierda.

Dos semanas después de mi regreso, cargado de reflexiones encalladas en la ciudad de Berlín y toda la historia contemporánea del mundo occidental que la atraviesa, me encuentro por momentos confundido. Pienso en todo lo que hemos olvidado por haber dedicado más que cuatro años y una vida al asunto de un acuerdo entre el gobierno y las FARC. El país no cabía en esa mesa, es cierto, así que no fueron parte de los acuerdos temas fundamentales para la vida de la mayoría de la población concentrada en las ciudades. Hubo espacio para hablar de un plan de electrificación del campo, por ejemplo, pero no para hablar del alcantarillado y el agua potable que no hay en ciudades que se supone que producen lo suficiente para tener muchas necesidades resueltas, como Buenaventura. Al segundo después pienso que se trataba justamente de eso, de que la paz nos liberara de la atención excesiva que se le ha puesto en Colombia a la guerra, aunque lo que me confunde es que aún no nos encontramos con la nueva realidad de demandas posacuerdo que dijimos que queríamos que se desatara. Es temprano, lo sé, pero eso no elimina la trampa. Estamos atrapados porque no nos dejan salir jodiéndonos todo el día con absurdos cuestionamientos sobre la “ideología de género”, sobre las gafas de un tal Santrich, y la incapacidad del gobierno para llevar refrigerios a unas Zonas Veredales, entre otras. Pero es difícil decir que si tuviéramos una escalera seguro la usaríamos porque en la trampa hicimos cueva y en la cueva una cómoda casa.

Las reflexiones sobre populismo en nuestros días son infinitas. Identidad popular en vez de discursos idealistas es lo que reclama la gente para sentirse representada. Populismo de izquierda que convoca sobre significantes vacíos pero, se supone, con pretensiones serias de movilizar para los cambios. Populismo de derecha, con el mismo método pero, se supone, para mantener en el engaño y la dominación a un pueblo que puede sentirse libre gritando en el carnaval del día después de la fiesta en el que su cuerpo y su trabajo son el banquete. El populismo no sólo coincide con una época de mediatización y masificación de significados y significantes, ni mucho menos con la rabia de los outsiders contra las instituciones. Coincide con una necesidad de conexión con lo popular y en ese sentido coincide con una especie de liberación bienvenida del esfuerzo teórico de acomodar el mundo a un plan estratégico. Coincide, pues, con ese momento en que vivimos.

Lo cierto y lo no calculado de esta transición que vivimos es que es una transición con unos presupuestos en medio de una transición más grande que se desenvuelve en otros términos. El mundo transita hacia la solución de una crisis de fondo que estalló primero con las Torres Gemelas y luego con la crisis de 2008. Ensayo- error vamos hacia un lugar en el que necesariamente tendrá que estar resuelta la dependencia del Petróleo. La transición en Colombia se construyó sobre el presupuesto de que la oportunidad para un gobierno de cambios era posible, pero las cosas cambiaron entre el inicio y el final del proceso de manera que el gobierno de 2018 empezará con el mandato de cerrar la posibilidad de que algún día llegue al poder en Colombia el populismo de izquierdas a ejecutar un plan de sustitución de la dependencia petrolera construyendo una base social beneficiada que le sostenga.

Nuestra vida estuvo hasta ahora marcada por una línea que iba entre la historia de conflicto y el destino de la paz. Eso no ha cambiado, pero creo que tenemos que entender el nuevo tiempo de juego. Derechos humanos no es lo que anhela el país de la transición. Los reclama, obvio, porque son lo mínimo, pero ya no se meten allí todas las reivindicaciones sociales como aprendimos a hacerlo en los años 80, apelando a pactos y tratados de derechos a falta de autoridad en los textos revolucionarios. La agenda por disputar en el mundo, me parece, es la de la democracia pero vinculada a un modelo de desarrollo que no se termina de aclarar entre el imperativo de supervivencia y la urgencia de dinero. Pensando en eso me espabilé sentado frente a parlamentarios alemanes que preguntaban sobre la memoria y la reconciliación en Colombia. Ellos también sospechaban con razón del discurso ese de que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla. No basta con saber quién es uno, si no hay con qué meterse al colegio a mejorar lo que uno es.

José Antequera Guzmán

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Suelten a los niños

Es totalmente inconveniente pretender frenar la implementación legislativa del Acuerdo de Paz con el argumento del retraso en la llamada entrega de los niños y las niñas.

La implementación legislativa esta semana ha estado atravesada por cuatro grandes cuestiones. La primera, la participación de una agrupación de ciudadanos en el Congreso, Voces de Paz, que ha asumido la defensa del Acuerdo así como la facilitación de la conversión de las FARC en partido político. La segunda, el debate sobre el Acto Legislativo con el que arrancaría la creación de la Jurisdicción Especial para la Paz. La tercera, el debate sobre los retrasos e incumplimientos desde las partes con respecto a la llamada entrega de los niños y niñas que pertenecieron a las filas de las FARC. La cuarta, los retrasos en el cumplimiento de los compromisos del gobierno para la instalación completa, con todas sus condiciones logísticas y de seguridad, de las Zonas Veredales Transitorias de Normalización donde deben concentrarse los combatientes de las FARC para realizar el proceso de dejación de armas.

Ninguno de estos temas es menos importante, simplemente.

Que Voces de Paz tenga espacio en el Congreso, que esté compuesta por ciudadanos y ciudadanas y que cuente con los elementos necesarios para hacer su labor, es una condición para el emprendimiento del proceso de apertura democrática. Apertura que no es una concesión del gobierno para las FARC, sino el único modo correcto de resolver una de las causas más claras por las que se generó el conflicto, se reprodujo, se agudizó y se degradó: la farsa de democracia que hemos sufrido en Colombia.

Que se apruebe la Jurisdicción Especial de Paz es una condición para la satisfacción de los derechos de las víctimas y para el logro efectivo de la no repetición a partir de los cambios y lecciones que sólo pueden surgir de la verdad. Y esa Jurisdicción tiene que cumplir con los elementos que permitan investigar y juzgar la responsabilidad de mando para los agentes del Estado, así como tiene que incluir incentivos y sanciones para que todos los actores involucrados en el conflicto contribuyan efectivamente a la verdad.

Que se cumpla con los acuerdos para que los niños y niñas en las filas de las FARC realicen un proceso adecuado de restitución plena de derechos, es una obligación que no necesita mayor explicación, máxime cuando ya han sido firmados compromisos al respecto con fechas definidas. Y por supuesto, que se cumpla con la instalación completa de las ZVTN, es lo mínimo, lo obvio, para la dejación de armas con garantías; un compromiso que ya ha sido expuesto ante el mundo con la visita del Presidente de Francia al país.

Sin embargo, lo que ocupó la semana en los medios de comunicación fue el tema de los niños y niñas. Lo que repitieron los representantes del Centro Democrático en el Congreso en los debates de implementación legislativa fueron exigencias sobre el tema de los niños y las niñas. Lo que se hizo relevante del discurso de Humberto de la Calle fue el tema de los niños y las niñas. Y esto, al punto de que circuló la idea de que se debía frenar la implementación legislativa hasta que no se cumpliera con el compromiso de entregar a los niños y las niñas.

Siendo un tema tan importante, su reiteración sin explicación sobre sus vicisitudes cumple principalmente dos funciones: por un lado les sirve a muchos para hacer política pre campaña jugando con los sentimientos de la gente e incluso de las familias de los niños y las niñas que deben ser entregados. Por el otro, sirve para quitarle importancia a los otros temas. Y lo que ocurre con esa política es que genera un círculo vicioso, porque todos los temas son importantes en la medida en que son interdependientes, y al quitarle importancia a unos se retrasan todos, incluyendo el de los niños y las niñas.

Suelten a los niños de las estrategias. Sólo hay un modo de hacer esto bien y es hacerlo completo.

José Antequera Guzmán

http://colombia2020.elespectador.com/opinion/suelten-los-ninos

 

2017: La cuestión es la democracia

Dos intelectuales muy promocionados últimamente coinciden en un diagnóstico. Achille Mbembe y Yuval Noah Harari anuncian el fin de la era del humanismo como gran marco de la crisis de la democracia: el quiebre de una larga etapa histórica en la que las disputas ideológicas en el mundo estaban marcadas por la certeza compartida de que las experiencias y los sentimientos humanos eran valiosas fuente de autoridad y sentido. Hay democracia donde esas experiencias y sentimientos sustentan, al menos, la legitimidad de un voto. La tan acelerada revolución científica y tecnológica nos está poniendo a las puertas de una nueva era en la que los seres humanos podemos ser tratados como cualquier otro organismo, no por lo alto de los valores del Siglo XX, sino por lo bajo de la reducción a ser simples algoritmos, con consecuencias aterradoras.

Así se proyecta una gran batalla del Siglo XXI. Se proyecta que seamos algoritmos convencidos del sentido de nuestra existencia por lo que montemos en la red y lo que nos regale una burbuja de validación, bien vigilados los unos, bien desnutridos los otros, sin ningún otro valor para la democracia que el del consumo. Pero también se proyectan posibilidades desconocidas de emancipación, como habría dicho Marx, “a partir del desarrollo de las fuerzas productivas”, sólo si ese desarrollo se equilibra con la supervivencia. Mucho depende de la voluntad política que dispute un sentido emancipador de la democracia frente al capitalismo neoliberal, pero además, del aprovechamiento de esas posibilidades científicas y tecnológicas que componen la crisis de modo virtuoso.

Estas discusiones son relevantes aquí y ahora, en la Colombia en proceso de implementación de los Acuerdos de Paz y no deberían ser vistas como paranoia basada en la serie Black Mirror. El núcleo general del Acuerdo Final para la terminación del conflicto es la ampliación de la democracia. Además, la alternativa que se presenta ahora que se supone que nos vamos liberando del conflicto armado, es y será democrática, o así se tendrá que reclamar, y se enfrentará a muchas acusaciones sobre ese paradigma de lo políticamente correcto.

¿Qué significa la ampliación de la democracia hoy en Colombia? Esa es la pregunta de fondo a los pronósticos sobre los temas relevantes del año 2017 en los titulares de prensa que anuncian como asuntos aislados la implementación, las próximas elecciones, etc. Yo diré dos cosas vagas, por ahora.

La recomposición de las fuerzas de cambio que se avecina con la conversión de las FARC en movimiento político tiene que asumir con seriedad el problema de la democracia, de sus crisis y necesaria ampliación. Partidos, movimientos y agrupaciones auténticamente democráticos es lo que reclama este momento y la vara para medir esa autenticidad es cada día más alta. ¿Qué significa eso hoy? Hay que superar la idea arcaica de que el pastel que nos toca es pequeño y estático, haciendo que temas comunes se disputen restando, en vez de sumar. Hay un exceso de arrogancia de quienes han gobernado y de quienes no lo han hecho. Después de navidad, se les olvida que cuando las cosas se ponen feas sólo nos queda la familia. Hay una gran actualización ideológica y operativa en deuda con base en el conocimiento científico actualizado. Internet no sirve sólo para hacer videos y convocatorias.

Es mentira y ha sido mentira que la razón de ser del proceso de paz sea el desarme de las FARC. La ampliación de la democracia es lo que se le debe a este país lleno de muertos y significa mucho más que eso. En 2017 y hacia adelante se impone esa ampliación, o se impone la agenda de la extrema derecha que llama democráticas a políticas que no lo son. Para que eso pase hay que sumar y multiplicar a las muchas fuerzas de cambio que existen en Colombia y aceptar, con proyección estratégica, la posibilidad de un gobierno de transición también con los nuevos movimientos que surjan. Ninguno de los puntos del Acuerdo Final son incompatibles con la agenda de la anti-corrupción, con el enfrentamiento de las consecuencias de los TLC o de las leyes de salud y pensión, o la crítica al modelo minero, al programa de infraestructura o la estructura regresiva de los impuestos, que son temas que mencionan los precandidatos actuales, Jorge Robledo y Claudia López.

Hoy en Colombia hay menos incompatibilidad de agendas de transformación que nunca y si no se ponen de acuerdo quienes dicen querer la paz, que implica cumplir con la ampliación de la democracia, no será por imposibilidad programática sino por miedo a untarse del pasado de los otros, y esa falta de altura la pagaremos durante todo un siglo.

Bienvenido el 2017.

http://pacifista.co/2017-la-cuestion-es-la-democracia/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

2016 y la esperanza

El NO en el plebiscito. La presidencia de Trump. La tragedia del avión de Lamia. El fantasma de un genocidio ad portas de la implementación de los Acuerdos de la Habana. Rafael Uribe Noguera y la infamia contra Yuliana Samboní. Cada uno de estos hechos, y mucho más si vienen juntos en menos de seis meses, golpean con fuerza cosas que se dan por seguras en nuestra sociedad. Nos limitamos a decir: ojalá que se acabe pronto este año. Pero la procesión va por dentro.

¿Qué carajos ha pasado?, nos preguntamos como si cualquier cosa en las primeras reuniones de navidad. Hay quien dice que es el año del mono. Los más ñoños quisiéramos asociar la crisis civilizatoria y la crisis económica que tenemos desde 2008 para explicarle a los amigos sobre el populismo de derechas de Uribe Vélez y Trump, y hablar del neoliberalismo salvaje sobre la cabeza de un piloto tacaño e irresponsable. Algunos quieren convencerse, y yo estoy ahí también, de que los asesinatos pararán porque los tiempos han cambiado pero no tenemos dónde jurarlo. Y casi todos llegamos a la historia de Yuliana y su familia como frente al muro de una cárcel infranqueable e incomprensible. También hay quien dice que somos unos lelos siguiendo la agenda de los mass media, y seguro lo somos, pero aquí estamos.

“Todas las religiones son iguales. Todas han prosperado por las mismas virtudes y todas se han corrompido por los mismos vicios”, dijo José Martí. Hay virtud en la misa, en la mezquita y en la ceremonia, sin duda. Y hay un poco de esa virtud en la marchas después del 2-O, en las calles llenas de jóvenes gritando que Trump no los representa, en el Atanasio Girardot lleno a reventar convocando a todo el país en torno a la solidaridad, o en la indignación que recorre a Colombia pidiendo justicia para el vil asesinato. Un poco de consuelo, abrazos, respuestas, conversión, estímulo y fortaleza. Pero también hay mucho vicio en el anticomunismo ignorante y barato de algunos pastores que no conducen un rebaño sino una lista de contribuyentes. Vicio en el oportunismo recurrente ahora magnificado por las redes sociales llenas de selfies y de banalidad del bien. Vicio en la gavilla de linchamiento y en el populismo punitivo que levantaron los mentirosos de la campaña del NO y que ahora enarbolan los congresistas del Partido que gobierna que dicen preocuparse por los niños pero que niegan el derecho a la educación plena o el derecho fundamental al agua.

Yuval Nohah Harari, el autor de “De animales a Dioses” que citó Yezid Arteta en una columna reciente sobre Fidel Castro, muestra en su segundo best seller un experimento que dice mucho sobre la esperanza. Un ratoncito en un vaso al que un científico desalmado comienza a llenar con agua aguanta una X cantidad de tiempo luchando por sobrevivir, hasta que se rinde y se ahoga. Otro ratoncito en la misma situación es sacado justo antes de perder las fuerzas. Lo bañan, le dan de comer y repiten con él el experimento. La segunda vez aguanta más tiempo, se supone que esperando lo que el otro no sabía que podía esperar. ¿Luchar o rendirse?

No nos han faltado ni nos faltarán la sonrisa y la fortaleza para ver salidas en cada momento porque somos sobrevivientes de muchas cosas. Pero hace falta mucha coherencia hoy en Colombia si queremos recuperar la confianza que necesitamos para navegar bajo la lluvia. Los hechos trascendentes del último semestre necesitan respuestas reales y no meras constancias históricas. Me permito decir también que necesitamos que la gente que cree y conecta alternativas frente a las injusticias busque y encuentre el eslabón perdido de una espiritualidad que le preste atención a lo que se siente cuando todo se desmorona. No es cuestión de creer en fábulas.

Me acuerdo ahora de una canción de Silvio Rodríguez que ha comenzado a sonar por la muerte del Comandante de la Revolución Cubana: “Estos años son el pasado del cielo”. Hay mucho por hacer.

José antequera Guzmán

El nuevo Acuerdo de paz

La cuestión en Colombia es clara y no admite ambivalencias: se aprueba un nuevo acuerdo viable para la terminación del conflicto o amanecemos el 2017 con un fuego bilateral reactivado y la frustración más grande y absurda de nuestra historia política reciente. De paso, con Uribe como presidente virtual del país imponiendo su agenda represiva como cortina de humo para la corrupción a todos los niveles con la excusa del antiterrorismo, que es lo que ha hecho a lo largo de su carrera política. Pagarán las víctimas. Pagaremos todos. Pagaremos todas.

Así que tenemos que repetir como un mantra que el Acuerdo es para la terminación del conflicto y para la construcción de una paz estable y duradera. Eso significa que lo acordado tiene que ser viable para terminar con las confrontaciones armadas. Tiene que contener lo básico para que eso ocurra y tiene que ser aceptado por las partes enfrentadas militarmente. Que la construcción de paz sólo puede venir después si se cumplen esas condiciones previas.

Hemos sido nosotras y nosotros, y no quienes cambiaron de discurso para hacer campaña contra el primer acuerdo, quienes hemos defendido y luchado con todas nuestras fuerzas por hacer de la solución política del conflicto una oportunidad para alcanzar transformaciones que aseguren una paz con justicia social. También hemos sido quienes hemos defendido un acuerdo viable con mínimos aceptando que no todo podrá transformarse en un acuerdo de paz entre el gobierno y las insurgencias porque nuestra lucha parte de la voluntad de profundizar los cambios a partir de la apertura democrática que tiene como condición el fin de la guerra, las garantías para la ampliación de la participación política y la reparación de las víctimas basada en verdad y no repetición.

El índice de transformaciones posibles a partir del proceso de paz que puede reflejarse en el nuevo Acuerdo depende de muchos elementos. Depende de la correlación de todas las fuerzas políticas y de la configuración de la hegemonía cultural antes, durante y después del 2-O. Dependía del resultado del plebiscito y depende ahora también de todas las reacciones posteriores a ese resultado.

Así que  todos y todas debemos entender y saber, empezando por el gobierno, las FARC y el uribismo mismo, que hay un grado de transformaciones mínimas intocables por el hecho de que este es un proceso de paz y no un proceso de rendición en el que las partes fueron a la mesa de diálogos por voluntad y con el poder de su existencia misma para hacer valer posturas. Ningún proceso de paz en el mundo ha terminado con el encarcelamiento que anula la participación política. Ningún proceso en el mundo puede acordar hoy, en el siglo XXI, el silenciamiento de la verdad o el desconocimiento de los daños diferenciales que han sufrido todos los sectores de la sociedad, así unos sectores crean que otros son una desviación excepcional de la naturaleza producto de la ideología. De la misma manera debemos saber y entender, sobre todo  quienes defendemos que la paz son los cambios y no un Acuerdo limitado, que el grado de transformaciones posibles se vio afectado por el resultado del 2 de octubre, y que eso no hace otra cosa que elevar aún más la urgencia de un proyecto político de cambio para ganar.

En ese orden de ideas, en lo inmediato tenemos que prepararnos para la aprobación definitiva de un nuevo acuerdo que esté acompañada de un mecanismo para el inicio de la implementación que goce de suficiente legitimidad, pero que no responda ingenuamente a la presión de quienes quieren eliminar todo lo avanzado.

Por nuestra parte, la movilización que empezó como un grito en las calles debe escalar para que quienes nos movilizamos, en vez de pararnos ahora frente a la mesa de la Habana a poner condiciones para nuestro apoyo, nos paremos frente al país, frente al Estado, el gobierno, las FARC, el ELN y frente al uribismo, demostrando que la reivindicación del derecho a la paz tiene que ser garantizada de una vez por todas.

José Antequera Guzmán

 

 

 

 

 

 

Not a victory or a defeat. This is a crisis.

During the period we devoted to campaigning for the YES vote I became convinced that those who were promoting that option were taking on a big responsibility. Win or lose we had to respond, above all to the many young people with whom we were embarking on this task of believing.

The starting point of this situation is far in the collective memory as always. In short, the history of the conflict has also been the story of the failed attempt to position a mindset: a way of seeing life, the country and the world always incoherent, only functional to the interests of the moment under the shared benefit of those who have governed the country, declaring wars that the people end up fighting for to earn a living. The conflict is among other things, proof of the failure.

Closer to my generation are the determining years from the election of Pastrana to the Uribe presidency, which are by chance not together now. Pastrana put in place a sham of a process designed to build up military strength and motives of anti-subversion and it fell on Uribe to reap the rewards. He proposed the doctrine of “Democratic Security,” which is similarly seen in the Central American generals responsible for genocide. (Could this be why there is much talk of El Salvador?)

Uribe denied the conflict, proposed legalization and consequent impunity for the supposed defenders of democracy against “terrorism” and made every effort to determine how to treat the guerrillas: he called them organized armed groups on the margins of the law to equate the to paramilitarism and offer them the same, but different: an agreement to demobilize, to most, but never an agenda of negotiation agenda with changes and much less with linking the state as responsible for crimes against humanity.

The process of dialogues with the FARC proposed by President Santos has been full of surprises, no doubt, and Uribe was the first to be surprised by the turn. But he went ahead to realize the best possible deal because all the factors came together: above all, the will of a guerrilla with a plan to become a political force that has been decanting since President Turbay first proposed peace talks, underlying the option of a military offensive that was defeated.

The surprise for the world was the decision to call a plebiscite as a mechanism of popular countersignature after four years of dialogue, by all the contradictions that this meant: the proposal of the constituent assembly was discarded, and what was chosen was a complex and fallible way that relativized the mandate given in the last presidential re-election, assuming that a new instrument of legitimization was need, in spite of everything at play.

Already committed we decided to campaign for the YES vote, trying to overcome these contradictions and facing new challenges.

It was very difficult to disentangle the plebiscite vote from the approval of the president. And it was even harder to challenge the lies of Uribe, which had more hold than our truths because they were based on the long history of anti-subversive policy and the strategy executed in the days of “Democratic Security.” Moreover, the Uribe strategy was a dirty campaign developed in a laboratory meant to position the people as choosing between God and the devil, while at the same time complaining that the right of peace was committed without thinking of the victims whose image they used at will to promote their hypocritical message against impunity.

The appeal of former President Gaviria, a prominent leader of doubtful and ambivalent liberalism that commands us did not work. The idea that the victory of the NO side meant a return to war, clashed with the repeated demonstrations of the FARC affirming its decision to end the war and become a political party. The idea that voting YES would mean progress and development, despite the current policies of the government, was not believed by a large part of Colombian society.

One day after the plebiscite, a few things are clear. Santos cannot ignore half the country that voted YES, or the moral force of the victims, who do not need a majority to be considered. Timoshenko and the FARC are played with an agreement for a political solution. And Uribe, which is the least crazy of the uribistas, knows that he does not have the power to renegotiate or to bomb, nor can it be certain that the NO vote belongs to him. One might think that it’s up to him to invent a national agreement where he can add many items, but whose characteristics still have to take into account the existence and strength of all parties involved in the problem of peace in Colombia, including the international community (the Red Cross and the World Bank).

So this is neither a victory nor a defeat. It is a crisis situation. Now I do not know the answers or outcome and it also taxes me to think of them because we are all processing the moment. However, in a situation where we face all the risks and all the opportunities that exist under the military route, even for the ELN still in arms, this has been closing to the point of preventing uribismo from defending anything that is not in the field of political solutions.

The instruments in this field are many. Immediately is the babble that seems to keep the Democratic Center until 2018 to return to repeat the method of placing a tough talking macho amid the destabilization. We’ll see what arises from the Havana talks when they reconvene and a constituent force takes hold in which some have confided more than others. The truth is that we cannot sit still now.

Much remains for peace to be achieved. We thought we would win this. But the earth continues to be round.

José Antequera

EL DIA D ES DESPUÉS DEL PLEBISCITO. Por: Camilo González Posso -INDEPAZ

Comparto en mi blog este artículo de mi amigo Camilo González Posso, fundamental para entender por qué hay que votar que SÍ en el plebiscito. 

El verdadero inicio de la implementación de los acuerdos que están próximos a firmarse en La Habana para la terminación del conflicto y la construcción de una paz sostenible y duradera será después de la refrendación con el triunfo del SI en el plebiscito. Así está pactado en la mesa y elevado a la condición de acto legislativo cuando el Congreso de la República supeditó la obligatoriedad constitucional  de los acuerdos a la refrendación.

De modo que aunque el 23 de junio se dijo que el día D es el de la firma de los acuerdos su vigencia quedó condicionada al otro día D+D que es la fecha que se le defina al plebiscito. Para evitar confusiones la mesa debe aclarar que con la firma se comienza la preparación de la implementación de los acuerdos en los temas relacionados con la refrendación y el “aprestamiento” de la fase III que sólo podrá comenzar cuando el pueblo se pronuncie. Si se dice que se comienza la implementación antes de la refrendación todo parecerá una burla y se pone en riesgo el triunfo del Si.

La secuencia de la implementación debe ser coherente con la ruta que escogió la mesa por iniciativa del gobierno y del Congreso de la República. Si no hay ratificación con voto popular no valen los acuerdos de La Habana. Si no gana el SI en el plebiscito se cae la decisión de considerar los acuerdos parte del bloque de constitucionalidad y no habrá Legislatura Especial de Paz ni trámite obligatorio de reformas. La misión de verificación de los acuerdos sobre cese de hostilidades y dejación de armas sólo tendrá mandato el día siguiente a la refrendación y sus actividades previas son sólo preparativos para el día D+D.

En esto tiene razón Iván Márquez cuando dice que “En lo que respecta al desplazamiento de la insurgencia hacia las zonas y puntos veredales transitorios de normalización, y la dejación de armas,están supeditados a la puesta en vigor de las normas que garanticen la seguridad jurídica, social y política de la insurgencia. Deberá en consecuencia estar refrendado y en efectivo desarrollo el  acuerdo final”.  Pero Marquéz se queda corto al mencionar sólo este punto del desplazamiento a las zonas veredales y la seguridad juridica de lo relativo a seguridad de las FARC. La verdad es que todo es inseguro hasta el día después de la refrendación.

Con la firma del acuerdo final se podrá convocar al Plebiscito en los términos definidos en la ley y con la pregunta que debe elaborarse siguiendo la modulación que hizo la Corte Constitucional. Ya se conoce el comunicado sobre el tema que limita la pregunta a un estricto sentido plebiscitario y por lo mismo se deberá referir a una iniciativa del gobierno que de ser refrendada es obligante sólo para el ejecutivo.  Lo que le amplió el ámbito de mandato a rango de obligación constitucional para todos los poderes fue el acto legislativo para la paz.

Con ese articulito que amarró la vigencia del acto legislativo a la refrendación todo quedo amarrado. Y mal haría la mesa de La Habana en comenzar con el dudoso mensaje de convocar un plebiscito a aprobar la firma de un pacto que aún no se ha firmado. Sería otro favor a la oposición uribista.

Cada cosa a su tiempo. Firmar, convocar, refrendar y comenzar de verdad el proceso. Y de esta manera se le da en realidad la última palabra al voto popular: Vote Si y comienza esta paz o prepárese para poner su cabeza y a la de sus hijos en la incertidumbre y en otras guerras!

Bogotá, 6 de agosto de 2016