Empieza el viaje. Observemos el milagro. Agradezcamos por el milagro. Merece gratitud porque es milagroso. Gratitud, pero sin arrebato, porque la contracara de esa emoción es la comprensión que merece el milagro.
Cuando ocurre un acontecimiento y te dejas llevar por la emoción puede incluso que renuncies a comprenderlo. Lo primero que se hace cuando se intenta comprender -y por eso este es primer estadio del Yopo, del Yagé o de los hongos- es controlar el arrebato de las sensaciones como quien coge las riendas del caballo queriendo emprender el viaje, pero no a cualquier velocidad ni con cualquier destino. Las riendas del caballo se controlan controlando la respiración.
El milagro que somos y que está más allá del acontecimiento concreto merece que nos concentremos plenamente en la comprensión para que no dejemos de ver ni por un momento lo que tiene de milagroso y que si se viera a primera vista -como el amor romántico- no requeriría de medicinas como el Yopo.
¿Qué tiene de milagroso que seamos? Pues que, si te fijas bien, nacemos y morimos vinculados. El lenguaje que usamos nombra e ilusoriamente separa al nombrar. Pero somos porque somos inseparables o mejor, somos vinculados; provenientes del vínculo, obsesionados con el vínculo, traumados con el vínculo, creadores del vínculo, creados por el vínculo, incapaces de controlar el vínculo. Cada cosa que hay, aunque la nombramos y la particularizamos en realidad no podría existir sin el vínculo. ¿De dónde salió esa imagen de un hombre sólo en medio de la selva que no existió ni podría existir nunca? Somos el milagro donde repetimos “yo”.
Después del lenguaje está el silencio. Antes del lenguaje hay vacío. Por eso el milagro se puede observar después del lenguaje, no antes. El maestro canta. Hace silencio. Vuelve a cantar. Hace silencio. Hace sonar la lluvia con semillas o los árboles con hojas, o los pájaros con flautas. Y luego hace silencio. Y en el silencio somos vinculados. El milagro amerita gratitud y da calma, hasta que volvamos a hablar para decir “yo”, ojalá con un poco más de conciencia sobre el milagro.
Interpelado por otro. Dominado por otro. Salvado por otro. Entonces surge la contra: contra otro. Pero resulta que quien sea ese otro es la condición para que tu seas y estés allí, acaso amándote a ti mismo. Nunca deberíamos olvidar que estamos obligados a luchar y que efectivamente lo hicimos, lo hacemos y lo haremos, pero nuestro principio y nuestro fin no es luchar los unos contra los otros sino liberarnos de eso.
En algún momento de la historia el anuncio de Marx “de que todo lo sagrado se hace profano, todo lo sólido se desvanece en el aire y al fin los hombres se ven forzados a considerar sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”, se convirtió en otro motivo de angustia porque sólo puede venir un desierto cuando todo se derrumba, así que las proyecciones sobre el posible futuro emancipatorio se cambiaron por proyecciones apocalípticas e infernales. Con optimismo (no hay resistencia, ni lucha, ni revolución sin optimismo) se puede pasar de la inteligencia tecnológica a la inteligencia vincular, como dice el argentino Carutti.
El Yopo podría definirse como un remedio contra la ingratitud. Claro, también hay venenos que atizan el yo y hacen que el yo se crea el dueño del mundo de las cosas desvinculadas, como la cocaína. ¿Qué escoges, la pastilla roja o la pastilla azul? Este lugar donde nacimos y que llamamos Colombia es otro motivo de gratitud y aquí necesitamos comprendernos porque no se nos puede ir la vida juzgándonos.
Ahora, como dice mi amiga Lorena, viajar es tan bueno que es hasta bueno regresar. Regresar con gratitud ante el milagro, hasta la próxima.
(Gracias al maestro Martín Roa)

